Hay cosas que podemos trabajar a solas. Y hay otras que cambian cuando descubrimos que también les están pasando a otras mujeres.
Hay un momento especialmente poderoso dentro de un grupo terapéutico.
Una mujer empieza a hablar.
Cuenta algo que le cuesta reconocer incluso ante sí misma.
Quizá habla de la culpa que siente cuando pone límites.
De lo agotada que está de cuidar de todo el mundo.
De cómo ha cambiado su cuerpo y de lo difícil que le resulta reconocerse.
De una relación en la que se ha acostumbrado a ocupar siempre el segundo lugar.
De la presión por ser buena madre, buena hija, buena pareja, buena profesional.
O simplemente dice:
«Estoy cansada de tener que poder con todo.»
Y entonces otra mujer la mira y dice:
“A mí también me pasa.”
Ese momento puede parecer pequeño.
Pero terapéuticamente puede ser enorme.
Porque hay experiencias que comprendemos de una manera cuando las hablamos individualmente y de otra muy diferente cuando descubrimos que forman parte también de la historia de otras mujeres.
¿Qué es un círculo de mujeres?
Un círculo de mujeres es un espacio grupal cuidado y acompañado profesionalmente en el que varias mujeres pueden encontrarse para compartir, escuchar, reflexionar y trabajar sobre experiencias que atraviesan sus vidas.
No es simplemente reunirse para hablar.
Tampoco es necesario contar aquello que una no quiera compartir.
Un proceso grupal necesita seguridad, confidencialidad, respeto, límites y una estructura que permita que cada participante encuentre su propio lugar.
La finalidad no es que todas pensemos igual.
Ni que todas hayamos vivido lo mismo.
Es justamente lo contrario.
Poder encontrarnos desde historias diferentes y descubrir aquello que, de alguna manera, nos conecta.
Hay experiencias que atraviesan especialmente la vida de las mujeres
Ser mujer no determina una única forma de vivir.
No todas tenemos las mismas historias, los mismos cuerpos, las mismas relaciones ni las mismas circunstancias.
Pero existen experiencias biológicas, sociales y culturales que pueden atravesar de manera particular la vida de muchas mujeres.
La menstruación.
La maternidad o la decisión de no ser madre.
Los procesos de fertilidad.
El embarazo y el posparto.
La perimenopausia y la menopausia.
Los cambios corporales asociados a las distintas etapas vitales.
Pero también existen otras experiencias relacionadas con la forma en la que hemos aprendido socialmente a ser mujeres.
Cuidar de todo el mundo antes que de nosotras mismas
Muchas mujeres han aprendido que cuidar forma parte de su identidad.
Cuidamos de los hijos.
De los padres cuando envejecen.
De la pareja.
De la familia.
De las amistades.
Y muchas veces también asumimos una parte importante de ese trabajo invisible que consiste en recordar, anticipar, organizar, acompañar y estar pendientes de lo que necesitan los demás.
Hasta que un día aparece una pregunta:
“¿Y quién me cuida a mí?”
En un grupo de mujeres esa pregunta puede adquirir una fuerza especial porque, cuando una mujer habla de su agotamiento, muchas otras reconocen inmediatamente el suyo.
La culpa cuando empezamos a poner límites
Decir que no.
Priorizarse.
Descansar.
No estar disponible.
Elegir algo únicamente porque nos apetece.
Para algunas mujeres, cualquiera de estas decisiones puede venir acompañada de culpa.
Porque durante años quizá hemos recibido, de manera explícita o implícita, mensajes sobre cómo deberíamos comportarnos.
Ser comprensivas.
No ser egoístas.
Cuidar.
Agradar.
No generar demasiado conflicto.
Y cuando empezamos a salir de esos lugares, podemos sentir que estamos haciendo algo mal.
Escuchar a otras mujeres atravesando el mismo proceso puede ayudarnos a comprender que quizá el problema no está en que estemos empezando a cuidarnos, sino en todo lo que aprendimos sobre lo que significaba ser “una buena mujer”.
Nuestra relación con el cuerpo
El cuerpo femenino está sometido a una mirada constante.
Cómo debería ser.
Cuánto debería pesar.
Cómo debería envejecer.
Cómo debería vivir su sexualidad.
Qué debería hacer después de una maternidad.
Cómo debería afrontar la menopausia.
Y esa mirada externa puede terminar convirtiéndose en una voz interna extremadamente exigente.
Hablar de nuestro cuerpo entre mujeres desde un lugar seguro puede permitirnos cuestionar muchas de esas exigencias y empezar a construir una relación diferente con él.
Menos basada en cómo debería verse.
Y más conectada con cómo lo vivimos y cómo queremos cuidarlo.
La maternidad… y también la no maternidad
Ser madre puede traer consigo amor, transformación y sentido.
Pero también agotamiento, ambivalencia, miedo, culpa, pérdida de espacio personal o la sensación de no llegar nunca a todo.
Y hablar de esas emociones todavía puede resultar difícil.
Porque existe una imagen idealizada de cómo debería sentirse una madre.
Pero también puede existir presión sobre las mujeres que deciden no tener hijos, que no pueden tenerlos o cuya vida no ha seguido el recorrido que imaginaron.
Un grupo permite hablar también de esas experiencias sin tener que justificarlas.
Menopausia, edad e identidad
Hay otra etapa sobre la que durante mucho tiempo se ha hablado muy poco entre mujeres: la menopausia.
El cuerpo cambia.
Puede cambiar el deseo.
Puede cambiar el sueño.
Puede cambiar la energía.
Y, en ocasiones, también cambia la manera en la que una mujer se percibe a sí misma.
A todo ello se suma una sociedad que con frecuencia celebra la juventud femenina mientras vuelve menos visibles a las mujeres a medida que envejecen.
Poder compartir esta etapa con otras mujeres puede ayudar a transformar una experiencia vivida desde el aislamiento en un proceso acompañado.
El miedo, la violencia y la necesidad de sentirnos seguras
También existen experiencias difíciles que atraviesan la vida de muchas mujeres.
El miedo al caminar solas por determinados lugares.
El acoso.
La violencia sexual.
Las relaciones de control.
La violencia dentro de la pareja.
Situaciones que quizá durante mucho tiempo se minimizaron, se normalizaron o incluso se vivieron con vergüenza.
En estos casos, cualquier trabajo grupal requiere especialmente seguridad, cuidado profesional y respeto absoluto por el ritmo de cada mujer.
Pero descubrir que otras pueden comprender determinadas experiencias sin necesidad de explicarlo todo también puede disminuir profundamente la sensación de aislamiento.
¿Por qué un grupo puede ser tan terapéutico?
En terapia individual sucede algo fundamental: una persona dispone de un espacio propio donde poder profundizar en su historia y construir una relación terapéutica segura.
El grupo aporta algo diferente.
Aporta a las otras.
Y eso abre posibilidades terapéuticas que no existen de la misma manera en una sesión individual.
Cuando escuchas a otra mujer contar algo que tú nunca te habías atrevido a decir, empiezas a normalizar tu propia experiencia.
Cuando otra participante pone palabras a algo que tú solo sentías, empiezas a comprenderte.
Cuando alguien te escucha sin juzgarte, puedes empezar a cuestionar el juicio que tú misma llevas años ejerciendo sobre ti.
Cuando descubres que otras mujeres aparentemente seguras también tienen miedo, dudas o contradicciones, dejas de sentir que eres la única.
Y aparece algo esencial:
la pertenencia.
“Pensaba que solo me pasaba a mí”
Esta es probablemente una de las frases más importantes que pueden aparecer en un proceso grupal.
Porque muchas dificultades emocionales crecen en el aislamiento.
La vergüenza necesita silencio.
La culpa necesita secreto.
La sensación de no ser suficiente se alimenta de compararnos con la versión que los demás muestran hacia fuera.
El grupo rompe parte de ese aislamiento.
De repente descubrimos que aquella mujer que desde fuera parecía tenerlo todo resuelto también duda.
También se exige.
También tiene miedo.
También se ha sentido sola.
Y algo empieza a cambiar.
Quizá no haya nada defectuoso en mí. Quizá estoy atravesando algo profundamente humano.
A veces el grupo llega a lugares a los que la terapia individual no llega de la misma manera
No se trata de elegir entre terapia individual o terapia grupal.
Son espacios diferentes y pueden complementarse.
La terapia individual permite profundizar en nuestra historia personal con una atención completamente centrada en nosotras.
El grupo introduce otra dimensión.
Nos permite observar cómo nos relacionamos.
Qué hacemos cuando alguien nos contradice.
Si nos cuesta ocupar espacio.
Si pedimos perdón constantemente.
Si escuchamos a todas pero nunca hablamos de nosotras.
Si nos comparamos.
Si necesitamos agradar.
Si nos cuesta recibir cuidado.
Todo eso puede aparecer en directo dentro del propio grupo.
Y entonces el grupo no solo sirve para hablar de nuestras relaciones.
El propio grupo se convierte en un lugar donde podemos empezar a relacionarnos de otra manera.
De escuchar a otras a empezar a escucharte a ti
Imaginemos a una mujer que llega al círculo diciendo:
«No sé muy bien qué hago aquí. En realidad, yo estoy bien.»
Durante las primeras sesiones quizá escucha más de lo que habla.
Hasta que un día otra mujer cuenta lo agotada que está de ser quien sostiene a toda su familia.
Y algo le toca.
Otro día alguien habla de la culpa que siente cuando dice que no.
Y vuelve a reconocerse.
Hasta que finalmente consigue decir:
«Creo que llevo años haciendo exactamente lo mismo.»
Ahí empieza su propio proceso.
No porque nadie le haya dicho lo que tiene que hacer.
Sino porque se ha visto reflejada en las demás y, gracias a ellas, ha podido empezar a mirarse a sí misma.
Círculos de mujeres en Centro Alara
En Centro Alara queremos abrir nuestros Círculos de Mujeres como espacios de encuentro, acompañamiento y crecimiento psicológico.
Un lugar cuidado donde poder hablar de aquello que nos atraviesa como mujeres y que tantas veces vivimos en silencio.
Las relaciones.
Los cuidados.
La culpa.
Los límites.
El cuerpo.
La maternidad o la no maternidad.
La sexualidad.
Las distintas etapas de la vida.
La menopausia.
La autoestima.
La soledad.
La exigencia.
El miedo a decepcionar.
Y también nuestros deseos, proyectos, cambios y nuevas formas de vivir.
No será necesario llegar con un “problema concreto”.
Ni saber exactamente qué quieres trabajar.
A veces basta con sentir que necesitas un espacio diferente.
Un lugar donde parar.
Escuchar.
Compartir.
Y poder preguntarte cómo estás tú cuando, por un momento, dejas de estar pendiente de todo lo demás.
Hay procesos que empiezan cuando dejamos de sentirnos solas en lo que nos pasa
La terapia individual puede ayudarnos a comprender nuestra historia.
El proceso grupal añade algo extraordinariamente valioso:
descubrir nuestra historia en relación con las historias de otras mujeres.
Porque a veces necesitamos una terapeuta que nos ayude a mirar.
Y otras veces necesitamos también escuchar a otra mujer decir:
«Yo también.»
Dos palabras aparentemente pequeñas que pueden cambiar muchas cosas.
En los Círculos de Mujeres de Centro Alara queremos crear precisamente ese espacio: un lugar seguro donde poder reconocernos en las diferencias, acompañarnos sin juzgarnos y descubrir que algunas de las cargas que creíamos exclusivamente nuestras quizá nunca fueron solo nuestras.
Porque cuando una mujer puede hablar y otra puede reconocerse en sus palabras, algo deja de vivirse en soledad.
Y, a veces, ahí empieza el cambio.